Mi ausencia de las últimas semanas no se debió ni a la fiaca, ni al exceso de trabajo, sino a unas dulces, encantadoras y necesarias vacaciones en París. Seguramente muchas de las sensaciones que viví van a impregnarse aquí, así que no se extrañen si durante meses me refiero hasta el hartazgo a la Ciudad de las Luces.
Desde el vamos es tan inspiradora, sensible, amable, que ni bien llegué la sentí muy confortable. Eso fue lo primero que me llamó la atención, que nada fuera tan lejano de lo que conozco. Sin embargo, caminando por sus calles se perciben las diferencias, y éstas, a pesar de ser novedosas, no incomodan, más bien el contario. Era claro que París me estaba esperando, me abría sus brazos, incluso, como si me hubiera extrañado.
Miro a mi alrededor: No soy la única que se cree una hija no reconocida, y eso me pone celosa. Personas de todas las nacionalidades se cruzan ante mí hablando idiomas imposibles, gesticulando raro, vistiendo trajes de colores que jamás he visto y que intento retener en mi memoria. Árabes, africanos, asiáticos, todos se mueven tan cómodos como yo. Me resulta admirable – y envidiable - que viniendo de costumbres tan disímiles, se hayan adaptado a la perfección a las exigencias de la cultura europea.
En el subte veo a un travesti que por la forma de sus ojos, y el color de piel, parece del sudoeste asiático. “Indonesio o laosiano” arriesgo, y mi novio asiente con la cabeza. ¿Qué lo hizo instalarse en París? ¿Será que en su país no se acepta la homosexualidad? En mi cabeza los prejuicios se aprovechan de mi escaso conocimiento de su país, y pienso que tal vez fue abusado de chico por algún viejo pedófilo que encontró que su aldea era un recomendable lugar para disfrutar del turismo sexual infantil.
Otro día, una mujer de una tez oscura como el petróleo, se sienta frente a mí. La túnica azul eléctrico le llegaba casi hasta los pies, vestidos apenas por unas sandalias de cuero finito y gastado. ¿De donde vendrá? ¿Extrañará algo? Tenía la mirada fuerte de quien ya no le teme a nada. Mi imaginación deduce que escapó de una guerra civil atravesando a pie el Sahara, y no creo que exagere.
París ya no es para mí sólo la cuna de la moda y el arte. Es además, el hogar de miles de personas que buscan olvidar las tristezas pasadas, y que pretenden una vida más placentera. Y eso al fin de cuentas, no está tan lejos de lo que conozco.
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